Quitar al barro lo que le sobra

Cuando tenía 8 o 9 años los reyes magos me trajeron un “Ceranova”, traía un kit de herramientas para modelar, un alambrito, una guía bastante básica y un paquete de arcilla. Hice algunas de las figuritas que venían en la guía pero tras poco tiempo lo abandoné en un rincón. Nunca más volví a coger un trozo de arcilla entre mis manos. 

Lo más sencillo habría sido tomar clases, apuntarme a clases de cerámica y aprender poco a poco… ese era el plan. Sin embargo tenía tantas ganas de poder medirme con mis personajes que tardé poco en hacerme con un pedazo de 5 kilos de arcilla roja.

Encontré las herramientas de plástico de mi ceranova y compré alguna más.  Decidí empezar sin muchas expectativas…

De un bloque cuadrado de barro comienzas a intuir la cabeza, los brazos, las piernas… en una esferita comienzas a aplastar los pómulos, restas el mentón a la vieja, se lo pronuncias al viejo, perfilas las orejas… mis viejitos tomaban forma real, casi como si siempre hubieran estado ahí, dormidos en el barro.

Creo que hasta que no comencé a dar forma a mis personajes en la arcilla no comprendí hasta qué punto los ejercicios anteriores me habían permitido interiorizar su personalidad y sus rasgos. El estudio del objeto me ayudó a visualizar las posturas y las acciones que deseaba representar; y las siluetas me habían permitido simplificar al máximo los personajes para quedarme únicamente con lo esencial y a partir de ahí tenía total libertad para crear un mundo coherente y adaptado a mi cuento.

Pero la arcilla no es un material como el lápiz y el papel. Lo que dibujas en un papel sigue igual al día siguiente… lo que modelas un día no permanece igual ni tan siquiera unas horas. Se seca, se quiebra, encoge a su gusto. Es un material vivo y con personalidad: si lo fuerzas se quiebra, si la humedeces de más se vuelve pegajosa… mis viejos realmente estaban vivos.

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